viernes, 4 de marzo de 2011

Cuando los ataúdes navegaron
Por Álvaro González Uribe, Puerto Colombia, enero 6 de 2011

La escena no puede ser más dantesca: 60 ataúdes navegan a la deriva por las calles inundadas de un pueblo. Cualquiera pensaría en un extraño sueño premonitorio o en algún suceso narrado en Cien años de soledad. Pero fue real, como lo han sido otras decenas de imágenes aún no contadas, con una fuerte carga dramática y onírica. Guiones de este invierno bíblico que azota a Colombia, con especial saña a la región Caribe, acompañados, claro, del casi simbólico abigarramiento mágico propio de esta tierra.

En la calle 2 con carrera 14 de Plato, donde los dolientes celebraban sus misas y se repartían el tinto en el último adiós a sus seres queridos, no se escuchan llantos, solamente el gruñido de los caimanes en espera de capturar a la primera presa para devorarla. Pero Alex Trilleras Camacho, quien perdió aproximadamente 60 ataúdes en la avalancha, solamente logró recuperar 12, gracias a la colaboración de amigos y familiares, quienes llegaron a prestarle ayuda en el momento en que la fuerte corriente del agua entraba a su empresa” (El Informador, Santa Marta, 9-12-10).

Nada se ha salvado de las bravas y santas aguas en esta tierra. Ni la vida en todas sus manifestaciones ni la muerte con sus diversos ropajes. Una y otra se confunden entre raudas corrientes que experimentan nuevos cauces o que recuerdan otros, entre avalanchas de lodo que obedientemente cumplen la ley de la gravedad detonadas por aguas de todos los orígenes, y también entre espejos de agua milenarios que “leve e imperceptiblemente” ascienden rodeando paredes, árboles, torres de iglesias y cerros.

Camacho, su segundo apellido “de estadio de fútbol”, expresa la procedencia bogotana de don Alex, de donde llegó hace ocho años a la tierra del Hombre Caimán buscando muertos ajenos para vivir: montó la funeraria Jesús de Nazaret que “con pundonor, dedicación, trabajo y seriedad, logró afianzar entre el resto de las funerarias” (Ibídem). Plato es como todas las poblaciones del Caribe, siempre fieles a su historia: generosos destinos de gentes de lugares cercanos y lejanos, incluso de allende los mares.

¿Adónde habrán ido a parar o por dónde flotarán aún los 48 ataúdes restantes que don Alex y sus amigos no alcanzaron a rescatar de las fauces del celoso y aprensivo río Magdalena desmadrado? ¿Sobre su lomo viajarán ya desperdigados o en sepelio colectivo sin plañideras ni difuntos, y hasta habrán entrado al mar Caribe por Bocas de Ceniza? Quizá algunos sean hoy pedazos de maderos flotantes o combustible de hogueras ribereñas o costeras; incluso ¿por qué no? alguno haya sido pescado y esté sirviendo para su destino de origen en un velorio o yazca bajo tierra o encaramado en una bóveda. Ya es hora de que por el río también bajen sarcófagos para completar el cortejo, pues desde hace mucho bajan no sólo cadáveres sino todo tipo de objetos e incluso hasta luceros como cantó el maestro José A. Morales:

Cuentan que hubo un pescador barquero,
que pescaba de noche, en el río
que una vez con su red, pescó un lucero,
y feliz lo llevó…
y feliz lo llevó a su bohío.
(…)
Y dicen que de pronto se oscureció el bohío
y sin vida encontraron al barquero,
porque de celos se desbordó aquel río,
entró al bohío y se robó el lucero”.

Son crónicas de invierno que seguramente servirán de tema para cientos de novelas, canciones y relatos, pues como todas las catástrofes, el diluvio del año 2010 marcará una época en Colombia, fuente de literatura y de todas las artes, que no se pueden ni se deben sustraer a la realidad sea cual fuere.

Y termina don Alex Trilleras Camacho en la misma nota periodística: "Solamente me queda pedirle a todos los santos, y al señor presidente Juan Manuel Santos, que miren más a esta población de damnificados, porque aquí solamente no hay miseria, son muchas las empresas comerciales que lo perdieron todo. Ahora toca comenzar de nuevo y sacar adelante esta empresa, que Dios se compadezca de nosotros y meta mano para salir adelante en nuestras actividades". ¡Ay Colombiagua!
Tres tristes trenes

Por Álvaro González Uribe, julio 11 de 2010

La llegada del ferrocarril en todas partes del mundo ha cambiado la historia, casi siempre para bien. Une pueblos. ¿Habrá un verbo más fecundo que unir? Pero, como tantas cosas en la vida, la alegría de unos se construye sobre la tristeza de otros. El desarrollo, y uno de sus impulsores como lo ha sido el tren, siempre llega cargado de novedades buenas y malas. El costo del progreso se puede ver en el deterioro del ambiente, en la ciencia al servicio de la guerra, en el delito y en nuevas enfermedades o la globalización de algunas. La gran pregunta será siempre si el beneficio que trae el desarrollo pesa más que sus inevitables perjuicios, y entonces ahí sí sabremos si fue desarrollo o retroceso.

La zona bananera del departamento del Magdalena (norte), como región conformada por Santa Marta -sede administrativa histórica de la misma- y los actuales municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Zona Bananera, El Retén, Aracataca, Fundación y Pivijay, ha estado marcada por el ferrocarril. En especial por tres trenes. Tres tristes trenes para unos y tres alegres trenes para otros, como pasa con el desarrollo. En su orden, las estaciones eran Santa Marta, Gaira, Pozos Colorados, Papare, Ciénaga, Riofrío, Varela, Orihueca, Prado-Sevilla, Guacamayal, Guamachito, Tucurinca, Buenos Aires, Aracataca y Fundación. La última era el final de la línea, que además en su recorrido desprendía varios ramales que entraban a las plantaciones. El Ferrocarril del Magdalena nació en 1887 a expensas de la “Santamarta Raylway Co.”, socia de la “United Fruit Company”.

Amarillo fue el primer tren. Era de pasajeros, hoy conocido como “El tren amarillo de Macondo”. A principios del siglo XX sirvió de transporte a quienes portaban la fiebre del banano. Fue el que desparramó La hojarasca de Gabo: “De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos, rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil, la hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de un revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte… (Macondo, 1909)”. Inicio de La hojarasca, de García Márquez.

(Ese tren amarillo lo conocí en marzo del 2007, cuando llegó pitando a Aracataca con Gabo y su esposa Mercedes como principales, acompañados del maestro Escalona y otros ilustres pasajeros. Crucé algunas palabras fugaces con ellos entre la algarabía por el retorno del Nobel a su pueblo natal, motivo de una fiesta callejera pública que ya no recuerdo si fue real o alucinación. Simplemente, fue).

También a principios del siglo pasado circuló otro tren: El tren verde, que transportaba el banano cultivado por la “yunai” hacia los barcos que lo llevaban a Europa y Estados Unidos. El banano, el “oro verde”, cuyo auge trajo riqueza y esplendor, luego muerte y desolación, e inequidad siempre. Fue un espejismo, dice en El misterio de los Buendía (Editorial Nueva América, 2006) el profundo historiador de la tierra Guillermo Henríquez Torres. Cuenta mi amigo también cienaguero Camilo Camargo, que el tren no era verde sino rojo, pero verde era su carga. Entre mito y realidad, Gabo narra en Cien años de soledad que en ese tren cargaron los muertos de la masacre de las bananeras (1928) para botarlos al mar verde y canoso de Ciénaga.

Hoy queda el tercer tren, el tren negro, que no es negro sino gris: el que trae el carbón desde las minas del Cesar para ser embarcado en varios puertos, esparciendo un polvillo negro que se encarama en tejados, árboles, balcones, muebles y se instala en las playas y en el azul marino, mientras por cerca de diez minutos retumba periódicamente en los oídos de habitantes y turistas, y hace temblar ventanales y muros de casas y hoteles. Todo debido al mal manejo y al incumplimiento de normas y promesas.

Tres trenes: el amarillo, el verde y el negro. Tres grupos de beneficiados y tres de perjudicados. Tres alegres trenes para unos pocos, tres tristes trenes para muchos… Es la historia del desarrollo de Colombia por la trunca carrilera de la inequidad sobre durmientes de desidia con pesadillas de violencia.
El cuarteto celestial
Por Álvaro González Uribe, marzo 18 de 2010

Primero fue José Barros: hace tres años desapareció -dicen- río Yuma abajo desde su Banco viejo puerto navegando en una piragua que le prestó Guillermo, de los Cubillos de Chimichagua. Después, hace casi un año, Escalona se fue a vivir en una casa en el aire. Luego, el pasado enero, Jaime Erre Echavarría subió a iluminar para siempre las noches de Cartagena. Y para cerrar esta diáspora musical, hace poco Jorge Villamil se difuminó entre las espumas que lleva el ancho río Magdalena. Fueron cuatro colosales compositores colombianos que se apagaron corporalmente en los últimos tres años. Diversos estilos y terruños, pero el mismo país, de regiones.

Dos era profesionales, que dicen: Jaime Erre, ingeniero químico, y Villamil médico; y los otros dos, Escalona y Barros, aunque no universitarios tenían más cultura que cualquier “doctor”. Dos eran caribes (Escalona y Barros), y dos andinos (Villamil y Jaime R); cachacos y costeños. Los cuatro resumen la riqueza cultural y artística de una sola Colombia, diversa y polifacética; un armónico popurrí inmarcesible y jubiloso, un colorido mosaico amarillo, azul y rojo.

Los cuatro compartieron una carencia, fecunda en su caso: no estudiaron música de academia ni sabían de notas ni solfeos; eran maestros del tarareo y del silbeo, y sus partos melodiosos brotaban en cualquier vereda, pueblo o paraje. De comadrona ungía algún amigo, lugar o remembranza cómplices.

Cuando evoco a estos cuatro prodigios cierro mis ojos y siento deslizarme en una piragua sobre las espumas de un ancho río pensando en alguna Matilde Lina de mi vida al son de la brisa cálida que murmura toda una serenata tropical.

Cuando voy por la calle y me acuerdo de estos cuatro gigantes aunque esté envuelto en polvaredas que se levantan en los caminos me dejo hasta robar de un ratero honrado así me queden pesares y pesares que luego me lavo en el fresco Guatapurí o acallo con el suave rumor que tiene el mar.

Pesares…, y pasearon por casi todos los estilos y ritmos colombianos y hasta extranjeros. Barros fue el más polifacético: incluso compuso tangos, y Agustín Lara lo señaló como “el mejor compositor de América”. Jaime Erre, paisa de corbata rumbero y enamorado, era de música fácil y resbalada, cantaba como respirando y respiraba componiendo. Escalona, la leyenda, galante y elegante, fue un cronista de su tierra, y consolidó en la cumbre más alta el ritmo que identifica a Colombia: el vallenato. Villamil, caballero mamador de gallo, fue un acuarelista del Tolima Grande y de otras geografías de Colombia, pero igualmente sabía pintar la profundidad de alma humana con cadenciosas pinceladas.

¿Barros Palomino José Benito?, ¿Escalona Martínez Rafael Calixto?, ¿Echavarría Villegas Jaime Rudesindo?, ¿Villamil Cordovez Jorge Augusto?: No-presentes, se fueron; ya nunca volverán pero nos dejaron sus canciones. Le robaron a las flores todo su encanto y color, y las convirtieron en hermosas letras y ritmos danzantes formando el paisaje. Uno va por la calle, y mientras se va llenando la noche con rumores de sus canciones, en cualquier esquina le sale por aquí, le sale por allá, alguna melodía de estos cuatro luceros. En fin, como de humanos ya se nos fueron…, pero de recuerdo nos dejaron un paseo, para amar o llorar bajo guaduales, un palo de mango o algún ejército de estrellas, mientras enredamos en cualquier ventana una serenata de amor.

Maestros: y entonces los tenemos que llorar, y de ñapa los tenemos que rezar. Gracias por habernos robado el alma sin tener compasión, gracias por esparcir notas, ritmos, melodías y sabias frases y versos en sabanas, montañas, playas, ríos, bosques, cumbres, valles, pueblos, calles, hogares, y en el corazón de toda Colombia. Sí, de nuestra sufrida Colombialma, maestros, que cuando suena en sus canciones se transforma por cuatro o cinco minutos en el paraíso que debería ser. Por eso necesitamos no olvidarlos: para poder vivir.

¡Pssst, pssst!, maestros: ¿cómo está la rumba allí?, ¿me invitan?, yo subo el ron, el guaro, el olparcito y el doble anís.

jueves, 3 de marzo de 2011

Derecho, sobornos y video
Por Álvaro González Uribe, febero 26 de 2011, Santa Marta.

Vergonzoso para la ciencia del Derecho lo sucedido con el abogado Ramón Ballesteros de quien vimos un video en el cual ofrece dinero para que un testigo varíe su testimonio. Al margen del caso y de su ominosa motivación (favorecer a unos parapolíticos e incriminar a un magistrado probo), da tristeza que la ciencia de Kelsen termine en un sartal de hechos tan burdos y guaches, por decir lo menos.

El tema no es nuevo y varios abogados han recurrido y recurren a artimañas rastreras. Sin embargo, causa repugnancia el caso de Ballesteros por su trayectoria y la forma como fue descubierto.

¿Para qué los abogados nos desgastamos en profundas lecturas, estudios y debates sobre Filosofía del Derecho, su teoría, la norma, la naturaleza y clases de leyes, y sobre tantos aspectos inherentes a una ciencia tan clave para la sociedad, si todo termina en un maletín con billetes o en un sufragio?

Es una pregunta que muchos abogados nos hemos hecho cuando sabemos de tales episodios. En mi caso personal el conocimiento de actuaciones similares motivó en parte mi alejamiento del ejercicio del Derecho, aunque jamás me arrepiento de haberlo estudiado, pues ha sido un pilar básico en las diversas ocupaciones de mi vida, incluyendo la de columnista y aprendiz de escritor.

En mis años mozos de “jurisconsulto” teníamos a varios abogados como semidioses, algunos de los cuales eran nuestros profesores y autores de textos. Por ello la gran desilusión que nos produjo verlos caer poco a poco en esas triquiñuelas opuestas a lo que nos habían enseñado. Se derrumbaban nuestros ídolos y con ello el ejercicio de una de las profesiones más hermosas; hermosa cuando se ciñe a sus principios y artes, y no penetra en las tinieblas de las componendas, trucos bajo la mesa, arreglos antiéticos y delictuales y, en general, en el todo-vale.

Si bastante teníamos con el clásico dilema de tener que defender o no a ciertos sindicados bárbaros que inmenso daño hacían a la sociedad y seguramente lo seguirían haciendo, sí que era complicado cuando el Derecho se reemplazaba por prácticas viles de abogados disfrazados y hasta amparados con esa toga que tanto nos enorgullecía.

Para muchos no fue ni es fácil comprender que absolutamente todas las personas, sea cual fuere el delito y su daño, tenían y tienen el derecho a una defensa. Luego, cuando los poderosos narcotraficantes y los sicarios empedernidos -esas máquinas de matar- subieron a los estrados judiciales, algunos empezamos a hablar de las “defensas indefensables”: de ciertos monstruos que ni siquiera merecían ese derecho, así fuera contra el derecho natural y universal a la defensa. Fuimos calificados de antiéticos y de malos abogados, hasta con razón, pero pensábamos que primero estaba y está la permanencia de la sociedad.

Muchos de los abogados ilustres que empezaron a defender lo que se atravesara terminaron enredados o asesinados con fama y todo. Ciertos delincuentes, en especial los mafiosos, sólo usan al abogado para que los saque de líos a como dé lugar, utilizando lo que sea, incluyendo el asesinato, el soborno y la amenaza. Abogado, códigos, soborno y armas son lo mismo para ellos; combinan las formas de defensa...

Esos prontos abogados tarde que temprano terminaron en el juego de sus siniestros amos. Otros se dedicaron al lobby ante el Congreso y las altas cortes para influir en leyes que favorecieran a sus clientes, y también terminaron mal, como varios casos conocidos en Antioquia -y sé que en otros departamentos igual- donde admirados profesores y abogados cambiaron el Derecho que nos enseñaron por tácticas rápidas e ilegales.

Pese a ello hay que seguir creyendo en el Derecho con todos sus errores, y en las instituciones y en la Ley como única forma de convivir civilizadamente. Ni este caso del ex ilustre Ballesteros, ni otros peores, ni las graves fallas del sistema judicial, ni el absurdo sistema penitenciario que tenemos nos pueden hacer cambiar de idea.

Si no basta con argüir la moral y los principios, la razón es clara: especialmente en Colombia está más que demostrado que cuando se intenta hacer justicia por fuera de las leyes el resultado es cien veces peor.

El Hombre Caimán Por Álvaro González Uribe

(Del libro De Bolombolo a Aracataca)

Enero 12 de 2008

Cuando pasa lamiendo al municipio de Plato, en diciembre el Río Magdalena con todo el invierno del país en su vientre es una serpenteada tajada de natilla, cuyos trozos de canela son pedazos de troncos flotantes. Como todos los años, en esta población culminó hace poco el Festival del Hombre Caimán, con grupos musicales y de danzas, concursos de atarraya y canotaje, y el conversatorio Origen de la Leyenda.

La famosa leyenda del Hombre Caimán tiene varias versiones. Una dice que un pícaro pescador llamado Saúl fue convertido en caimán porque acostumbraba en las mañanas observar a las platenses cuando se bañaban en el caño de las mujeres, pequeño brazo del Magdalena.

Otra versión es más elaborada, y aunque algunos la ubican en Magangué, el escenario tradicional de la leyenda siempre será Plato. Trata del amor contrariado entre el mismo pescador y Roque Lina, hija del rico del pueblo quien prohibió la relación. Pero como siempre, el amor se las ingenió con sus atrapados, y el pescador consiguió de unos chamanes wayúus en la alta Guajira una pócima que lo convertía en caimán y otra que lo retornaba a su naturaleza humana, truco que usó para verse con su enamorada.

Camuflado en las orillas del Magdalena, Saúl pudo sostener su idilio con Roque Lina. Pero un día, afanado por mantener el amor furtivo, siendo caimán se le rompió el frasco de la pócima que lo convertía en humano y unas gotas le pringaron sólo su cara.

Condenado a la maldición para siempre, seguía viéndose con su novia. Su madre lo alimentaba con pedazos de queso, pan y tragos de ron, hasta que una mañana uno de sus cuñados vio la cola rauda del Hombre Caimán rasgando la corriente del río y dio la voz de alarma. El suegro ordenó disparar contra el caimán cabecihombre, pero éste escapó río abajo hacia Barraquilla con su amada montada en el lomo. Entre otras variadas escamas y diversos finales este es el cuento del Hombre Caimán.

Es otra historia más del mágico vitral Caribe, esta generosa región donde aprendí a comer arepa paisa con butifarra, y a la cual le intento robar el gentilicio de paisamario o caribantioqueño. El barranquillero José María Peñaranda fue el autor de la canción más famosa sobre esta leyenda y por tal motivo se le llamó el Hombre Caimán, aunque hay otra versión de Crescencio Salcedo, el Compáe Mochila, a quien muchos conocimos ya anciano sentado en una acera de la carrera Junín de Medellín tocando flauta para venderlas con sus discos (cuentan que allí mismo en una ocasión le robaron unas cuantas flautas, y el Compáe les gritó a los rateros: “y vuelvan por la música”).

Peñaranda vivió joven en Aracataca -Macondo- donde dicen que conoció a Francisco el Hombre, quien le auguró gran futuro musical. Era un teso de la picaresca caribe y para muestra el “Coge-Coge”:

¿Y tu que cogiste el 9 de abril?
Cien yardas de seda y una pieza de dril
¿Y tu que cogiste dime compáe Mocho?
Yo cogí una olla grande pa’ sancocho
¿Y tu que cogiste?
Hombre yo fui lerdo
Yo cogí una olla sin fondo y un zapato izquierdo
Yo no cogí nada y a casa llegué
Con una puntilla clavada en un pie.

Otra más moderna es “La de Perafán”:

La cosa está muy maluca
Dijo el sobrino de Chola
No sigo sembrando yuca
Voy a sembrar amapola
Y le ha aconsejado a Juana
Muchacha de risa loca
No te pongas a sembrar coca
Ni tampoco marihuana
Ve que a muchas le caerá la maldición del caimán
Ya le cayó a Perafán la maldición del caimán.

Y dice el coro:

Ve las cosas como están
Te meten a la Picota y te pica el alacrán.

Y “La muchacha del balcón”:

Conocí un bobalicón
Que le gustaba Julieta
Se ponía abajo del balcón
Para verle las pantaletas
Esa mañana Julieta
No se asomaba al balcón
Y ahí estaba el grandulón
Con su mirada indiscreta
Y dijo Julieta:
Ahí está pa' verme las pantaletas
Pero hoy sí se va a fregar
Porque no las tengo puestas.

“Se va el Caimán” hizo famoso en Colombia y el mundo a Peñaranda, quien murió hace dos años en Barranquilla. El porro llegó a ser interpretado por la Orquesta Sinfónica de Londres y por Plácido Domingo, y en España lo cantaba el pueblo para burlarse de los repetidos falsos anuncios de retiro del general Franco. También le dio el apodo a Efraín Sánchez en Argentina, cuando de Barranquilla llegó como portero del equipo de fútbol San Lorenzo de Almagro.

Prólogo del libro "De Bolombolo a Aracataca"

La A y la O de Aracataca, Bolombolo y Álvaro
Por Héctor Abad Faciolince


         Uno de los oficios más gratos que tenemos los comentaristas de prensa consiste en leer a nuestros colegas, los otros columnistas de prensa. En general sólo leemos a dos tipos de escritores de artículos: a los que odiamos -por sus ideas, por su estilo, por lo que defienden, por lo que destruyen- y a los que nos gustan mucho -por simpatía, por identidad de criterio, por amistad, porque queremos aprender de ellos-. Álvaro González Uribe, a quien leo desde hace mucho tiempo en El Mundo de Medellín, es de este segundo tipo.

Me gusta de su estilo la ensoñación bucólica, el apego a la tierra, o mejor, a las tierras: las caribes del mar y las montañosas de Antioquia. La forma serena en que se deslizan sus reflexiones y anécdotas, revelan al hombre que hay detrás de los escritos: un buen corazón, un alma justa, una persona conciliadora que tiende a la ensoñación y es siempre bien intencionada. Nadie más alejado de la mala leche (vicio tan común en nuestra profesión) que este hombre de las montañas trasplantado y perfectamente adaptado a la Costa. El tono de su voz es pausado y claro, sus intenciones limpias.

Destaco en sus escritos el gusto por el neologismo, la atracción romántica por la ensoñación asociada a la vista del paisaje (de ahí surgen sus escritos más poéticos), el gusto por la paradoja (“hay que prohibir a los ciclistas para que no se dopen”), los experimentos verbales con juegos de palabras (una perorata en la que todas las palabras del artículo empiezan por P), la mezcla justa entre temas aparentemente frívolos y temas trascendentes. En sus notas de prensa podemos encontrar divagaciones sobre cantantes, sobre fútbol, sobre personajes mitológicos regionales, pero hay también valientes protestas por la muerte que nos llega de manos de los salvajes grupos paramilitares o de cualquier otro grupo violento, mafioso, delincuencial o guerrillero. Aunque a veces caiga en cierto esoterismo para explicar el realismo mágico de la provincia donde ahora vive, en general conserva su mente escéptica y racional de divertido cazafantasmas. Unos fantasmas que a veces son autoridades autoritarias de carne y hueso a las que  denuncia (por ejemplo cuando fue detenido por cumplir su deber como veedor electoral), y a veces, simplemente, la ofensa y el llanto por los desaparecidos de este país.

Destaco, finalmente, la ecuanimidad y honestidad intelectual de Álvaro González Uribe. No hay trampa en sus escritos ni hay sectarismo alguno. Desarrolla su argumentación de una manera abierta al diálogo y a la crítica: en todo cuanto escribe revela lo que es: un anti-fanático, un hombre de mente abierta que mira al país con ojos críticos pero sin sucumbir al pesimismo de la inacción. Confía en que podemos progresar y redimirnos, y al mismo tiempo destaca las maravillas naturales que tenemos, y que podríamos disfrutar si consiguiéramos salir de la violencia. Aracataca y Bolomobolo, esos nombres armónicos en su insistencia vocálica, esas cacofonías que nos hacen sonreír, son el símbolo ideal de la mente del columnista, y los sitios perfectos de las dos regiones de Colombia que han dividido su corazón sin partirlo. Sin partirlo, digo, porque se ve que pone el corazón entero en los dos sitios, como quien ama sin remordimiento y sin contradicción “dos mujeres a la vez”. Muy sano, en un país de rencores regionalistas, contar con este amante de la rubia y la morena.

martes, 1 de marzo de 2011

Introducción del libro "De Bolombolo a Aracataca"

El presente libro recoge 50 artículos publicados en los años 2007, 2008 y parte del 2009, tiempo que llevo residiendo en el Caribe colombiano, en concreto en la ciudad de Santa Marta. Con excepción del último, los escritos se publicaron todos en el periódico El Mundo de Medellín, donde gracias a sus directivos mantengo desde hace varios años una columna de opinión semanal denominada “Macondo”. Algunos pocos artículos aparecieron también en otras publicaciones impresas y virtuales a donde fueron enviados o gentilmente tomados citando autor y fuente. El último fue escrito para El Vocero de la Provincia, periódico que circula en los departamentos del Magdalena, Cesar y la Guajira.

Teniendo en cuenta que siempre en mis columnas de opinión me he referido a una gran variedad de temas, en este libro no fue mi intención aglomerar una miscelánea de artículos sobre diversas y dispersas materias. Pienso que una obra de este estilo -hasta donde éste lo permita- debe tener un hilo conductor, es decir, un talante o espíritu que la hilvane para que tenga unidad y genere un aporte concreto individualizado de interés general.

Por tal razón -aunque a veces alguna columna vista individualmente quizás no lo exprese- en todo el libro permanece la opinión y la mirada que un antioqueño como el autor se va formando del Caribe colombiano cuando reside en esta región, y también la opinión que tiene sobre el resto de Colombia en diversos aspectos, cuando respira permanentemente este cálido e inquieto aire caribe, que considero modifica la perspectiva que alguien pueda tener sobre los hechos y la vida, siempre y cuando comprenda y se vaya alimentando de la idiosincrasia costeña. Precisamente el título de la obra -cacofónico como recurso literario divertido- da cuenta de ese periplo de vida y de ese nuevo sentimiento que nace en una persona que cambia una intensa vida en Antioquia y sus pueblos, por otra en el Caribe y los suyos, periplo condensado en uno de los artículos.

Bolombolo es una tórrida población de Antioquia a orillas del rio Cauca, uno de los sitios que recuerdo con alegría, y que me dejaron inhalar profundamente los aires de mi departamento de origen y solazarme con sus escarpados verdes y abovedados azules. Además, cristalizado en la literatura por unos versos que dejó el poeta paisa León de Greiff cuando estuvo por esos lares de aprendiz de ingeniero malogrado. Aracataca por supuesto es un municipio significativo, símbolo de la cultura Caribe y del realismo mágico, por ser la cuna del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez y escenario principal de su obra cumbre “Cien Años de Soledad”, lugar donde lo conocí cuando transportado en el Tren Amarillo de Macondo regresó en el año 2007 -recién cumplidos 80 años de vida-, momento apoteósico que relato en el libro a manera de crónica personal.

Aunque en el libro permanece ese espíritu aglutinante de obra, los escritos abarcan varios temas y estilos. Es así como en forma de crónicas, ensayos, poesía en prosa y hasta de un cuento corto, en un lenguaje ameno intento plasmar la impresión que me han dejado la geografía del Caribe, sus paisajes, gentes, noticias, anécdotas y cultura, como también reflexiono y analizo hechos y realidades tristes y alegres, tanto del Caribe como de mi Antioquia y mi Colombia desde el Caribe, incluyendo algunas vivencias personales con pretensión poética. Si alcanzo a ser efectivo en el oficio de escribir, quizás el lector generoso tendrá pues que prepararse para reír y hasta para ponerse triste, pues esa es la realidad de Colombia, que es la misma del Caribe.

También quise destacar las similitudes y diferencias que considero existen entre la cultura Paisa y la Caribe, y en algunos escritos hice comparaciones culturales, históricas, casuales y hasta geográficas.

Traté de escoger cuidadosamente el orden de los escritos para lograr una combinación armónica y agradable según los temas, aunque también consideré a veces el orden cronológico de publicación, sin que haya sido una camisa de fuerza, pues prevalecieron los contenidos en aras de construir la mencionada estructura unificada de obra, como también su ritmo. Entre el título y el texto cada escrito lleva la fecha de su publicación, para que conociendo el momento histórico al lector se le facilite comprender algunos contenidos que requieren de ello.

Toda mi vida he sentido una gran atracción por el mar, la cultura Caribe y la literatura de Gabriel García Márquez y el realismo mágico, lo cual advertirá el lector en varias citas, paráfrasis, alusiones y comentarios -no en vano la columna periodística base se llama “Macondo”-. Esa atracción la materialicé de la mejor forma como pienso se puede hacer: fijando mi residencia en el Caribe para vivir ese mágico mundo, respirarlo, olerlo, probarlo y sentirlo cotidianamente. Este libro es testimonio de esa nueva vivencia que por haberme enriquecido espiritualmente me ha acercado a la felicidad. También pretendo que sea un homenaje humilde y sincero a nuestro Nobel de literatura, a los habitantes del Caribe, y a su rica y colorida cultura.

La obra ha sido posible gracias a varias personas y entidades. En primer lugar, a María Isabel mi esposa y a mis hijos Tomás y Simón, quienes como familia compartieron conmigo esta decisión de vida, dejando nuestro rico, fructífero y alegre pasado en Medellín y Antioquia, y afrontando con decisión este llamado vital que hemos disfrutado, no sin retos superados y a superar por tratarse de un cambio quizás radical en un principio para los niños. Igualmente a mi amada hija mayor, Luisa, quien hace mucho tiempo emprendió un cambio de vida mucho más drástico que el nuestro, y cuya inspiración y amor me acompañan desde la lejana España, así como mi corazón silenciosamente late siempre junto al suyo.

También agradezco al periódico El Mundo de Medellín que me acogió y acoge en sus páginas, con una característica que resalto: la libertad que tienen sus columnistas para tocar todos los temas, sin importar discrepancias ideológicas con la línea editorial del Periódico y de su Director, pues a veces mis opiniones coinciden con las de ellos y a veces no, lo cual dice mucho del espíritu libre de ese Diario y del respeto por las opiniones, siempre y cuando se escriban con cortesía y tengan calidad en la forma, lo cual he procurado siempre, espero que con algún éxito, pese a que reconozco cierta agudeza y pasión en varios escritos, matizadas con algo de humor, eso sí.

Entre las personas del periódico El Mundo a quienes agradezco, está por supuesto ese gran roble, caballero y luchador que es su Director, el ingeniero Guillermo Gaviria Echeverri, y al maestro Arturo Giraldo Sánchez, Subdirector y paciente curador de las páginas editoriales; a mi amiga y gran periodista Luz María Tobón Vallejo; y a Aníbal Gaviria Correa, quien siendo editor del Periódico me invitó a escribir en sus páginas. Imposible no mencionar acá mi primer artículo: un clamor con algo de fórmulas jurídicas para que su hermano y mis compañeros de trabajo, el entonces Gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa y el Asesor de Paz Gilberto Echeverri Mejía, pudieran regresar a sus casas y labores desde un penoso secuestro en el cual los mantenía la guerrilla.

Como es de conocimiento público ello no fue posible, pues fueron cobardemente asesinados por las Farc ante un fallido rescate de la Fuerza Pública en el año 2003. Por eso siento la necesidad de mencionar acá a esa gran señora, fuente de amabilidad, ternura y a la vez de fortaleza, doña Adela Correa de Gaviria, madre del recordado Guillermo, el inmolado Gobernador de mi tierra paisa, líder nacional perpetuo de la Noviolencia.

Por último, agradezco a la Universidad del Magdalena, a su actual rector Ruthber Escorcia Caballero y demás directivas, y a la comunidad universitaria en general que me recibieron y han acogido con cariño en la alma máter del Magdalena. Todos me han dado muestras de afecto y de confianza que siempre agradeceré, con la amable carga adicional para mi de que esa deuda actual con ellos se incrementará cuando algún día me gane el gentilicio de “paisamario” o “caribantioqueño” que quiero ostentar con orgullo.

Espero que este modesto libro contribuya a enriquecer la producción de esa Universidad, que para muchos y para mi es la entidad más importante del departamento del Magdalena, pues es la única manera de ascender y progresar en la vida que tienen miles de sus jóvenes; generadora de investigaciones, cálido y fértil hábitat de la cultura, y, en general, pieza fundamental para el desarrollo del Magdalena y de la región Caribe.


Álvaro González Uribe
Santa Marta, Colombia
Noviembre 9 de 2009