lunes, 1 de agosto de 2011

¿Y dónde está el pepino?
Por Álvaro González Uribe
Junio 8 de 2011

Las agencias de investigación internacionales no han tenido éxito en la búsqueda del origen de la nueva amenaza terrorista que se cierne sobre el mundo, y tampoco hay certeza sobre sus creadores. Se trata de una letal arma biológica que tiene en arduos trabajos tanto a los científicos como a las autoridades.

Las pesquisas se han enfocado en supermercados, huertos, restaurantes, canastos, empaques, costales y camiones, pero ya fueron extendidas a los aeropuertos, fronteras, y muelles marítimos y fluviales.

Se trata de una nueva versión corregida, aumentada y repotenciada de la bacteria Escherichia coli, alias “E. coli”, la cual, según las investigaciones hasta ahora adelantadas, se camufla en uno o varios pepinos cuyo rastreo ha sido infructuoso, aunque también hay sospechas de que se mimetiza perfectamente en tomates, lechugas y otras hortalizas.

Ya ha causado varios muertos y armó un tremendo conflicto interno dentro de Europa, pues Alemania acusó apresuradamente a España de ser el país originario de la temible arma. Le dicen “La Guerra de los Pepinos” y amenaza con extenderse por todo el mundo.

Las sospechas se orientan hacia España debido al grupo terrorista Eta, y también por ser un país residencia histórica de los hermanos árabes. Lo último se debe a que no se descarta, y más bien hay serios indicios, de que el arma fue creada por Al Qaeda y difundida por una célula suya autodenominada “Los Pepinos” -aunque también se habla de “Los Tomates” y de “Las Lechugas con Burka”-, como retaliación por el reciente abatimiento de Osama bin Laden cuya muerte han jurado vengar sus amigos.

En los aeropuertos hay alerta roja y gran confusión, pues como se están utilizando las nuevas impudorosas máquinas de rayos XXX para inspeccionar a los pasajeros, se han presentado varias falsas alarmas en la búsqueda de los pepinos en el momento de examinar a ciertos viajeros masculinos. Se dice que en los aeropuertos franceses algunas agentes mujeres ha exclamado varias veces en tono nervioso el clásico “¡mon dieu!” (no puedo mencionar acá su versión caribe), ante el avistamiento en pantalla de supuestos pepinos 9 mm, a pesar de que se ha dicho que el tamaño no importa, pues el arma es mortal en cualquier dimensión.

El desconcierto es total. En estos momentos hay un bloque de búsqueda elite integrado por científicos y agencias especiales de seguridad europeas y estadounidenses, investigando exhaustivamente la huerta casera encontrada en la casa donde cayó Osama en Pakistán.

En el patio de la mansión fue hallado un huerto con gran variedad de pepinos, arbustos de mostaza gaseosa, arracachas cruzadas con Al Qa-chofas y sandías chinas explosivas, patatas bomba, pringamozas polinizadas por abejas africanas, y una extraña planta mezcla entre frijol recalenta’o, repollo, brócoli y coliflor regada con leche de camello, comúnmente usada en el lanzamiento de torpedos tierra aire.

Al parecer el jeque de Al Qaeda estaba desarrollando armas biológicas para atacar al demonio occidental, y todo apunta a que algunas alcanzaron a salir en fase de experimentación. Sin embargo, hasta ahora solo se trata de especulaciones, aunque cunde el caos porque no hay señas del pepino portador ni de su origen exacto.

De todas maneras, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunirá en las próximas horas para analizar la sospechosa respuesta de Chávez en su última alocución de Aló Presidente cuando le preguntaron por el asunto: “Me importa un pepino”.
En mi puerto...
Por Álvaro González Uribe
(Santa Marta, julio 8 de 2011)

Sentado en este pequeño muro otrora playa mis pies cuelgan encima del océano. Lo pienso como océano y lo nombro como tal cuando imagino todo el planeta donde englobados ambos viajamos por el universo; y lo pienso como mar y así le digo cuando lo respiro como morada, camino, botín y catacumbas de taínos, caribes, conquistadores, esclavos africanos, piratas y tantos más que aún merodean por aquí.

Pero bueno, ahora sólo espero que por el horizonte aparezca lejana la próxima pregunta navegante cada vez creciendo al acercarse a mi puerto. Todos los barcos son inmensas preguntas: ¿Qué traerá? ¿De dónde vendrá? ¿Cuánto tiempo sin tocar tierra? ¿De dónde será?

Tengo bajo mis pies y frente a mí al Mar Océano, al Mar de Colón o al Mediterráneo Americano, como le llamaron al rasgar su velo a cañonazos. Las palmas de mis manos apoyadas sobre el borde del muro a un metro sobre el nivel del mar, que dicen técnicamente. A veces me salpican gotas de océano cuando una ola cimarrona se atreve a desordenar la serenidad de la bahía.

El barco se aproxima, poco a poco crece. Se acerca la gran pregunta. Inevitablemente me atracan esas preguntas que sé nunca tendrán respuestas, porque además tampoco me interesa averiguarlas. ¿De dónde ayer o antier? ¿Para dónde mañana o pasado mañana? ¿Quién y qué y cuánto adentro o encima? Mejor así como peguntas puras y limpias. Una pregunta sólo es tal si no la trunca una respuesta. Una pregunta muere cuando tiene respuesta. Por eso este barco que llega, al que ya coquetea su diminuto remolcador y guía, no puede tener respuestas porque pierde su rico misterio si sé cosas de él.

“De La Habana viene un barco cargado de...” recuerdo el juego de letras y palabras que me enseñó mi madre tierra muy adentro hasta donde no llega mar en mi Medellín del alma, lo jugaba con ella y mis hermanos y hoy con mis hijos. Quizás este barco venga de La Habana cargado de…, qué se yo... No importa. Sólo me importa que viene de y está cargado de. Llega al puerto más discreto y profundo que encontraron los españoles, socavado en la costa por corrientes milenarias en esta bahía bonita y serena con la imponente Sierra misteriosa a su espalda.

Ver barcos que llegan o se van es uno de mis oficios. Llegan esas moles y es como si llegara un mundo ahí adentro para germinar mi imaginación y mis preguntas. En las mañanas, a medios días y en los atardeceres me gusta verlos llegar a mi puerto. Casi silenciosos, solo un ronroneo se escucha entre olas reventonas aisladas, entre ¡patrón tire una moneda!, entre ¡helados!, ¡cerveza!, y entre la algarabía de cientos de pericos que se disputan las ramas de los almendros en las tardes.

Todos tenemos un puerto a donde llegar y de donde partir, y en donde ver llegar y ver partir. En este sosegaban los tayronas; llegó el notario sevillano Bastidas sometió y fundó; arremetió el vicealmirante inglés Goodson e incendió; y desembarcó mi general Bolívar para morir vencido, dejar su corazón y zarpar luego vacío y triunfante en patriótica paradoja.

Mi vocación es preguntar; es mi manera de vivir aunque sé que nunca tendré respuestas finales, porque las respuestas se convierten en preguntas y así hasta nunca terminar. Y qué mejor teatro de preguntas que un puerto donde llega lo inédito, marinos de todo el mundo, todos los idiomas, todos los trebejos, todas las razas. También salen..., y se me está ocurriendo que un día quizá sí intente responderme una pregunta: me quedaré mucho tiempo acá sentado para calcular si mi país se está saliendo o se está llenando de lo que estos buques traen a mi puerto o se llevan de mi puerto.
La yuca revolucionaria
Por Álvaro González Uribe
Julio 1 de 2011

“Una simple mata de yuca produjo un trancón frente a Meridiana Radio, emisora comunitaria de Santa Ana, Magdalena. El tubérculo fue llevado al medio de comunicación por Edgar Méndez López, quien dijo que por el peso su vehículo se le espichó tres veces antes de llegar a su destino” (El Informador, Santa Marta, 6-6-11).

Y expresó don Tomás Jiménez Alvear, el campesino que sembró la planta: "Yo soy el hombre que sé cómo se siembra la yuca para que salga paría, eso no lo sabe todo el mundo, es un arte, como el que toca acordeón o escribe poesía…".

¿Qué tal esa pieza magistral amables lectores? Sólo faltan acordeón, caja y guacharaca y queda el vallenato listo, sin necesidad de arreglos ni coros ni más arandelas.

Disfruto cosechar estas noticias que brotan en tierra caribe, cuyo diario suceder reafirma a Macondo en el tiempo y nos recuerda los vallenatos marca Escalona. Tales sucesos son el insumo silvestre de novelas, cuentos y canciones, y sólo esperan por alguien que les dé forma literaria o los musicalice, como Gabo o Rafa el sobrino del obispo. Por lo pronto, yo intento narrarlos en mis columnas, lo cual me divierte mucho al igual que creo también alegra a los lectores.

Porque la nota sigue: “Jiménez Alvear, un agricultor de 75 años de edad, dijo que sembró esa vástiga de yuca mona blanca el primero de febrero del 2010, por lo que sólo cuenta con un año y cuatro meses; sin embargo, estaba tan desarrollada que para arrancarla necesitó ayuda de cuatro personas.”

Y agregó don Tomás: "Antes de morir tengo que dar el secreto a uno de mis nietos, pero todavía no porque después me falseo; yo reto a los tapieros, batalleros, jaraberos y san fernanderos, a que siembren junto conmigo, el mismo día y en la misma tierra para que vean que eso va en la mano, no a todo el mundo le pare igual la yuca".

Amodorrado en la ribera derecha del río Magdalena a la altura de Mompox, el apacible municipio de Santa Ana se conmocionó con la super yuca gigante cuya foto publicó el periódico El Informador. Al verla, en verdad queda uno sorprendido y a la vez extrañado: ¿si en esta tierra pasan estas cosas por qué el pueblo aguanta hambre?, o al menos ¿por qué algunos se aburren o a todo le sacan pero?

Sin duda, el Ministerio de Agricultura debe contratar a don Tomás Jiménez para que -previa la compra de los derechos sobre su “arte” u obtención vegetal- sea quien lidere el mejoramiento del clave sector agrícola del país y por ahí derecho les quite las caras largas a todos. Esa yuca puede ser la revolución del agro colombiano al incrementar su productividad y generar unos ingresos seguros.

Es que no fue cualquier rabanito: “Por su parte, yuqueros de profesión como Pedro Martínez, Manuel Navarro, Eduardo Armenta y Carlos González no sólo se santiguaron al ver el tamaño de la yuca, sino que se quitaban el sombrero, ya que en su larga experiencia como cultivadores de mandioca, nunca vieron una que midiera 97 centímetros de largo y 48 de espesor. Por su lado, Donaldo Paternina, presidente de la Asociación de Campesinos de Santa Ana, al conocer esta noticia, expresó que se le hizo un homenaje al señor Tomás Jiménez Alvear el 5 de junio, Día del Campesino…”.

No es más. Gustoso, feliz y facilito hoy cumplí con ustedes pacientes lectores y les gorreé mi columna al periodista de El Informador y al compadre Tomás Jiménez; que sea otro homenaje a este inédito juglar del departamento del Magdalena, al yuquero más berraco de toda la región y sus alrededores. Bueno, sí hay más: reto al que sea capaz de encontrar en el mundo otro más teso pa’ sembrar yuca y pa´ narrar. ¡Juepajé, ay hombe, viva el Caribe carajo que yo invito hoy!
¿Y los indignados de Colombia?
Por Álvaro González Uribe
Junio 23 de 2011

“indignación. 1 f. Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos” (Diccionario de la lengua española).

Muchos pensaron que el movimiento de “Los indignados” o 15-M nacido formalmente el pasado 15 de mayo en España se iría diluyendo. Sin embargo, pese a ciertos amagos de dispersión el movimiento ha recobrado fuerzas. Ya sin el supuesto señuelo de unas elecciones inminentes, los indignados de España se fortalecen y crecen, pues cada vez se destapan más ciudadanos auto reprimidos o inducidos en un letargo mental colectivo de varios años que ahora sale a la luz pública.

Incluso, crece la cantidad de países donde este fenómeno se replica, ya sea con características similares a las de España o con otras propias de cada pueblo, pero siempre con la misma esencia: la indignación por la persistencia de un estado de cosas que poco a poco ha ido asfixiando los espíritus, succionándole al ciudadano su humanismo y la razón de su existencia.

En el fondo subyace esa especie de angustia existencial individual y colectiva, cuya desesperanza nace de un statu quo atornillado en beneficio de quienes se tomaron al mundo con simple ánimo de lucro, carentes de alma y por tanto de ideologías o creencias para llenarlas. Por eso los indignados no tienen banderas partidistas ni religiosas, y si sabemos leer bien sus pretensiones, vemos que solo flamean la bandera del humanismo, exigen poder ser nuevamente humanos, tratados como tales y tener un mundo viable.

En Colombia estamos empantanados desde hace más de 200 años cuando ni siquiera éramos Colombia. Hoy se percibe un cansancio de gobiernos si se quiere más absurdos que ineficientes o corruptos, donde ya ni vale la pena señalar a alguno en específico. Es una hartera general con una dirigencia histórica que gobierna en círculos como el tiempo de Macondo, donde unos nutren su favor popular de los errores de sus antecesores y éstos de aquellos sucesiva y al parecer infinitamente si no rompemos esa inercia.

En Colombia son 200 años de indignación pero con una diferencia respecto a otros países: sin indignados que se manifiesten de una manera inteligente y efectiva; sin indignados que no busquen simplemente reemplazar a los indignantes de turno para hacer lo mismo que éstos; sin indignados que no tengan ambiciones de poder por poder o cobrar vindictas personales. Por eso no pueden ser indignados la guerrilla, ni la oposición del momento, ni quienes buscan refundar la patria o vengarse.

El actual momento nacional puede ser histórico si los colombianos queremos. Hoy las cosas están puestas en bandeja para iniciar un gran movimiento de naturaleza y objetivos muy diferentes a los surgidos antes, involucrado en la dinámica del efecto dominó español, árabe y de otros países. Ya están los ingredientes maduros: la avalancha arrasadora de perversidades que se están destapando, sumada al hastío por una histórica violencia de todo tipo y color, por una delincuencia vestida de narcotráfico hoy, de contrabando antes y de cuello blanco siempre, por los atropellos oficiales y privados, por la injusticia, la pobreza y las desatenciones del Estado.

En Colombia estamos indignados, tenemos mayores motivos para estarlo que los españoles. No nos leemos en los partidos, ni en los grupos guerrilleros ni en la inacción de las religiones ni de los abstencionistas ni apáticos, porque además la indignación es también contra ellos, contra sus métodos y su inoperancia.

Tenemos “enojo, ira, enfado vehemente” contra tanta inmundicia junta y sin vergüenza, parapetada cobardemente en las brumas de las selvas y montañas de Colombia, y tras los escritorios en guaridas públicas y privadas.
La bogotanización de Colombia

Por Álvaro González Uribe
Junio 17 de 2011

Los lectores habrán notado que en los últimos meses las noticias de Colombia cada vez están siendo más acaparadas por Bogotá, hasta el punto de que las regiones y demás ciudades solo tenemos breves espacios cuando ocurren hechos de sangre torrentosa -crónicas rojas de provincia que les encantan allí- o cuando de alguna manera afectan a la helada villa de Jiménez de Quesada.

En Bogotá lógicamente pasan más cosas por su condición de capital, por ser asiento de los órganos de poder nacional, y porque es la ciudad más grande, pero el motivo de la sobreinformación no puede ser ese, porque hay 40 millones de colombianos que no vivimos allí y la geografía nacional es mucho más amplia. Sin duda, hay miopía o quizás comodidad de varios periodistas que no salen de la Sabana o que se contagiaron de la bacteria del centralismo.

En las demás ciudades y regiones estamos cansados de que a toda hora nos estén contando repetidamente las tragedias de una tal Veintiséis (¿es una calle o una bacrim?); que un transmilenio se chocó; que inauguraron el portal (¿de Belén o web?); que la terna o los candidatos para la Alcaldía (la toman como si fuera la Presidencia de la República); que el anticipo de cierta obra; que la venta de ETB; que fulanita manejaba ebria; que Millonarios y Santa Fe (ni en eso hay equidad); que el futuro de la Séptima (¿papeleta?); que Suba (¿a dónde?); que la operación retorno va sin tropiezos; que el rio Bogotá (como si no hubieran más ríos en Colombia); y qué nombre le pondremos a Eldorado materile-rile-ro; en fin. Quizá sean hechos importantes para esa porción de terreno, pero con tanta información ajena la otra Colombia se queda viendo un chispero y le toca pellizcarse para ver si existe.

Se trata de otra manifestación del centralismo consuetudinario que empieza por las leyes y se mantiene nutrido por el arribismo de muchos, incluyendo provincianos convencidos de que todo lo de Bogotá es lo “in”, y que hablan más de la “zonarrosa” y de “andrescarnederrés” que de los piqueteaderos, tiendas o fondas de su departamento de origen.

Cualquier cosa que pase en una localidad o esquina de Bogotá está repercutiendo innecesaria y hoy infortunadamente en el resto de Colombia. ¿Para qué un país tan grande y diverso si basta con Bogotá? Razón tenía Fajardo cuando al inicio de la trifulca de los verdes por la candidatura a la Alcaldía de la capital, expresó que el país y el Partido Verde estaban atascados en esa ciudad.

No es contra los hermanos rolos, como tampoco tengo nada contra ningún colombiano en razón de su lugar de nacimiento o residencia. Los orígenes de nuestros males humanos están en otro plano. Me parecen absurdos, facilistas y dañinos los regionalismos positivos y negativos. Es más: en el caso que nos ocupa tienen más culpa los bogotanos adoptivos -hoy son más que los divertidos rolos rancios- y muchos habitantes de las regiones con ruana o esmoquin alquilado.

Lea ahora amable lector los titulares de los periódicos que llaman “de circulación nacional”, o escuche y vea los noticieros de radio y TV de las cadenas y canales “nacionales”: cerca del 50 por ciento de lo “nacional” ocurre en Bogotá y solo interesa a los bogotanos.

¿Qué tal si un día en todos los medios de comunicación ensayamos omitir las noticias locales de Bogotá, a no ser que influyan realmente en la vida del resto de Colombia? Es una manera de empezar a reconocer (a conocer, mejor…) a todo el país como base para una descentralización real, equitativa y justa. Bueno, lo que sea, pero por favor: estamos hasta la coronilla hoy de Bogotá, y, lo peor: cansados de su mal ejemplo; ¡Colombia se bogosatanizó!

lunes, 13 de junio de 2011

El Burro abstencionista

Por Álvaro González Uribe
3 de junio de 2011

Desde que vivo en el Caribe colombiano dejé esa costumbre del interior -y de muchas partes del mundo- de subestimar a los burros y ponerlos como ejemplo de brutalidad. Aprendí su nobleza, inteligencia y en especial la utilidad de estos simpáticos animales. No en vano al niño Jesús en su solitario nacimiento lo acompañó un burro, el mismo Cristo ya mayor entró triunfante a Jerusalén montado en una burra “¡Hosanna, Hosanna!”, y todos los diciembres en mi burrito sabanero voy camino de Belén.

Ya en estos tiempos modernos más profanos, admiro al Biblioburro del profesor Soriano que va de vereda en vereda por las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta llevando libros a los niños, a más de ver cotidianamente cómo estos dóciles y fuertes cuadrúpedos son el amigo fiel que acompaña a muchos en sus labores diarias para ganar el ñame con el sudor de la frente… del burrito. Así pues que no vuelvo a cometer la burrada de burlarme de los burros.

“El burro intelectual”, fue la canción de moda en los últimos carnavales de Santa Marta y Barranquilla:

“El burro le dijo a la burra:
Yo me voy a preparar
Me voy a poner a estudiar
Ya no quiero rebuznar
Yo quiero aprender a hablar
(…)
Ser un burro intelectual.
(Juan Samuel ¿qué le dijo la burra al burro?):
No te pongas a inventar
Tu tienes que rebuznar
No te pongas a estudiar
Quiero tu brutalidad
¿Cuántos intelectos quisieran tener tu especialidad?
Quiero ir pa' la U [sic]
¿Para donde?:
Para la Universidad.
¡Ya te dije que no vas!
El burro le insiste a la burra:
Déjame progresar
Quiero cambiar de vida
Ir a la Universidad
Hablar varios idiomas
(…)
Ser un burro intelectual.
No te pongas a inventar
Tu tienes que rebuznar y si aprendes a hablar
Yo te voy a dejar
Porque tu muy bien lo sabes quiero tu brutalidad
Vete, vete pa' que veas como me consigo un toro enseguida...”

¿Ven? Hasta la picaresca musical reproduce esa fama que no deja progresar a los pobres burros. Pero es injusta, los burros pueden y deben ir a la universidad, y hasta cursar maestrías y doctorados. La semana pasada, antes de las lúgubres elecciones partidistas o consultas internas, varios medios registraron la siguiente noticia que elevó mi admiración por los burros:

“Un burro que se comió varios formularios de inscripción de cédulas en el corregimiento de Pampanillo, en el municipio de San Fernando (sur de Bolívar) se convirtió en la comidilla del fin de semana en esta población ribereña. Felipe Turizo Lobo, alcalde de San Fernando, asegura que el hecho insólito se presentó el sábado en la tarde ‘cuando el delegado de la Registraduría que estaba a cargo de la inscripción de cédulas (…) se paró de su puesto para ir al baño y al regresar se dio cuenta que un burro se estaba comiendo dos formularios de inscripción, de los cuales uno estaba vacío y en el otro se habían anotado seis personas’. (…) Muchos pobladores de San Fernando han tomado el ataque del animal con humor y lo han bautizado como el ‘burro justiciero’, en alusión a los fuertes rumores de trasteo de electores que han circulado por todo el Departamento de Bolívar” (eluniversal.com.co, Cartagena, 27-5-11).

Además de castigar el trasteo de votos, el sabio burro previó el vergonzoso abstencionismo que vendría, y no quiso que se perdiera todo ese material que no iba a ser utilizado, como efectivamente sucedió con los formularios que no se alcanzó a comer. “¡Qué desperdicio!”, cuentan que rebuznó el burro refiriéndose no solo a Pampanillo sino a todo el país: “¿70.000 millones de pesos botados así y mi pueblo muriéndose de hambre y con el agua hasta el anca?”

martes, 31 de mayo de 2011

15-M, ¿habla el mundo nuevo?

Por Álvaro González Uribe, 27 de mayo de 2011)

El reciente y en pleno furor movimiento español 15-M y la “ola verde” que se observó el año pasado en Colombia tienen muchas similitudes. Llamado así por el día de su fundación (el pasado 15 de mayo) lo cual habla de su marginamiento de alguna ideología ya elaborada, el 15-M es fruto del descontento acumulado en España por años hacia gobiernos, partidos y clase empresarial, y de un clamor por democracia real, honestidad, humanismo, justicia social y protección del medio ambiente. Es contra un sistema y no de coyuntura política.

La “ola verde” de Colombia, aunque tuvo un traje electoral de ocasión, en últimas fue -o mejor, sigue siendo- lo mismo: un descontento con dichas instituciones y parecidas reivindicaciones. Que el Partido Verde, Mockus o ambos no la hubieran sabido canalizar electoralmente en ese momento es otra cosa. La “ola verde” no se perdió, sigue latente en el ya afianzado mar verde esperando un viento suficientemente fuerte que la eleve de nuevo y la solidifique, ya sea expresada en las urnas o bajo otro fenómeno social. Es que no es nacional, es global.

Ambas expresiones tienen su mayor fuerza impulsora en los jóvenes, aunque también la conforman personas de otras edades y varios sectores sociales, primando los ciudadanos con preparación académica, pero sin excluir a nadie porque no es discriminatoria en origen ni en pretensiones, acorde a su espíritu igualitario.

El 15-M español tiene hoy dos detonantes que en Colombia también existen a su manera: un alto desempleo, en especial de jóvenes profesionales especializados, y una grave crisis de la construcción (que se “recalentó”) y del acceso a la vivienda, ambas nacidas de la crisis económica mundial.

También, allí como acá, prima un hastío por la corrupción, hoy en uno de sus puntos más altos en la historia de Colombia. En resumen, con diversas intensidades en algunos temas, el 15-M y la “ola verde” son hijos de la misma sociedad moderna. Incluso, guardando las diferencias culturales, las revoluciones árabes tienen igual esencia. No es casual su contemporaneidad.

Está renaciendo una conciencia que la humanidad estaba olvidando, amodorrada en ciertas comodidades u olvidada ante urgencias de corto plazo: los ciudadanos de a pie bajo unas mismas banderas, casi siempre cotidianas y sin altas pretensiones ideológicas, tienen una potente fuerza que puede modificar las instituciones más estables y hasta tumbar gobiernos sólidos, sin necesidad de la violencia, en su versión preponderante.

Entre protestas, marchas, acampadas, plantones, y hasta conflictos armados, va quedando claro que las nuevas dimensiones del mundo y los asombrosos avances tecnológicos, trajeron un cambio de mentalidad ciudadana en el planeta y otra dinámica que no han sabido leer los dirigentes. Pretenden seguir gobernando y dominando al mundo bajo los mismos parámetros y leyes de hace 20 o 30 años, pero ese desfase está pasando factura: los ciudadanos son más rápidos que la dirigencia y van reclamando espacios propios para los nuevos aires.

Lo que es muy alentador porque muestra una evolución positiva de la raza humana, es el repudio a la violencia (al menos es la tendencia) y la gran preocupación por proteger al planeta, mírese como sentido común, instinto de conservación o un nuevo humanismo. Esa es la constante que se percibe entre -y pese a- los fieros conflictos políticos, religiosos y económicos dentro de los países y entre ellos, y en medio de los desastres naturales.

¿Habla el mundo nuevo? Es posible, pero las dirigencias siguen sordas y se están llevando un chasco. Según estudios científicos, hasta la forma de pensar dentro del cerebro está cambiando por el uso de las nuevas tecnologías, en especial ante la Internet. Los Indignados o el 15-M, olas verdes o de diversos colores, y otros fenómenos son el signo de ese mundo nuevo que despunta.